Pepe Cibrián, en Rosario con el Circo Rodas: "El genio sale a cumplir los deseos de otros"

Pepe Cibrián llegó a Rosario con la vitalidad de quien todavía tiene mucho para contar y, sobre todo, muchas ganas de seguir haciendo. A los 78 años, el reconocido director, autor y productor teatral mantiene intacta su pasión por el escenario y esa capacidad para convertir cada respuesta en una historia.

“Siempre es muy grato que te inviten. Y además, a mis 78 años, me genera un ruido muy gentil, porque no somos a veces muy adictos a que una figura de mi edad siga vigente”, reconoció. Para Cibrián, esa vigencia tiene un significado especial porque está relacionada con un deseo que lo acompaña desde su infancia: “Toda mi vida, desde muy chiquito, quise ser eso, quise ser respetado, quise ser trascendente en cosas, y creo que lo he sido”.

 

Lejos de pensar en el retiro, definió su presente como “una yapa de la vida” que le permite “seguir peleando y luchando y generando espacios”. Y cuando tuvo que elegir cómo se describiría en una hipotética biografía de red social, no comenzó por sus profesiones. Eligió otros atributos: “Ético, comprometido, hábil, muy nacionalista, cálido”.

También incluyó una palabra que, admitió, podía sonar pretenciosa: “Genio”. Pero su explicación está lejos de la vanidad. “El genio es aquel que está en una lámpara. Pero el genio, para que salga, debe ser acariciado”, explicó. Esas caricias, en su particular metáfora, son el público, los medios, los productores y también el propio artista cuando encuentra una idea que lo entusiasma.

“Cuando todo esto sucede, el genio sale, pero sale para cumplir deseos de otros, no sale para él quedarse de genio toda la vida”, sostuvo. Para Cibrián, además, el talento necesita estar acompañado por una forma de trabajar y de relacionarse con los demás. “Hay que tener ética, lucha, seriedad, compromiso”, resumió.

Rosario, ligada a su historia

Su llegada a Rosario tiene además un componente personal. Cibrián contó que conoce la ciudad desde su infancia, cuando viajaba junto a sus padres, que tenían su propia compañía teatral. En aquella época, las temporadas tenían una lógica diferente y Rosario era una parada habitual.

“El teatro se hacía de marzo a noviembre y luego siempre se venía en noviembre a hacer un mes en Rosario. Era como clásico, porque es una gran ciudad”, recordó.

Por eso, formar parte del desembarco del Circo Rodas tiene para él un significado especial. El proyecto comenzó a gestarse hace aproximadamente un año y medio, cuando los responsables del circo se interesaron por “Drácula II” y terminaron proponiéndole producir el espectáculo. La iniciativa incluyó una gran estructura que se montó en el Hipódromo de San Isidro y que ahora llega a Rosario.

El Circo Rodas debutó este jueves 10 de septiembre en la ciudad y para Cibrián representa también una expresión de ese carácter itinerante que comparte con el teatro. “El circo lo es”, señaló, y destacó la combinación entre artistas, producción y números de gran despliegue.

Entre ellos mencionó especialmente una estructura en la que ingresan ocho motos y realizan maniobras en el interior. Pero más allá de la espectacularidad, Cibrián hizo una defensa de algo que considera esencial tanto en el circo como en el teatro: la capacidad de generar magia.

“Hay circos muy humildes, hay circos muy lujosos, no por eso mejores. Como no es mejor mi obra por tener más luces, puede ser una obra con una vela y ser mucho mejor que la mía”, reflexionó.

“Drácula”, el oficio y el valor de insistir

La conversación inevitablemente desembocó en “Drácula”, la obra que marcó buena parte de su carrera y que, con el paso de las décadas, se convirtió en un fenómeno del teatro musical argentino. Cibrián contó que una de las claves para mantenerla vigente fue cuidarla y entender que el público ya incorporó sus personajes y canciones.

“Yo no puedo cambiar nada de Drácula porque la gente se la sabe en memoria”, afirmó. La obra atravesó numerosos elencos —“han habido ocho Minas, 36 Lucys”—, pero hubo un intérprete que permaneció durante toda su historia: Juan Rodó.

Cibrián reconoció que hoy puede detectar errores de dramaturgia que modificaría, pero también explicó que la primera versión tuvo algo irrepetible: el descubrimiento. “Ninguna versión tiene jamás lo que tuvo esa primera porque en esa primera yo la descubrí realmente”, sostuvo.

Ese proceso también explica, según contó, por qué nunca termina de tratar sus obras como piezas cerradas. Las ensaya, las pule y controla que mantengan su esencia, aunque admite que una vez estrenadas dejan de pertenecerle por completo. “Yo estreno y me aburren mis obras porque ya está, ya es del público, ya es de los actores”, dijo.

Su mirada sobre el oficio aparece también cuando habla de quienes intentan ingresar al mundo artístico. Cibrián asegura que las ganas estuvieron siempre, pero que hoy observa menos disposición a transitar el camino necesario para llegar. “Todos tienen la misma magia y la misma visión que todo el mundo la tiene, que es: yo quiero subirme al escenario. Lo que no tienen ahora tanto es la lucha para llegar a eso”, planteó.

Y recordó una frase que recibió de Carlos Petit, histórico empresario teatral, después de uno de sus primeros tropiezos. “Le digo: estoy harto de fracasar. Y me dice: ‘Pepe, vos nunca fracasaste’. Le digo: ‘¿Por qué?’. ‘Porque para fracasar primero hay que tener éxito’”. Para Cibrián, aquella respuesta quedó grabada: “Para bajar hay que subir”.

Su crítica apunta también a la lógica de la fama inmediata. No cuestiona formatos como “Gran Hermano”, pero sí la idea de confundir popularidad con una trayectoria artística.

“El libro es imaginar el personaje”, explicó. Cuando una historia se lleva a la pantalla, el director ofrece una imagen que puede romper la que cada lector había construido. “Cuando vas a ver la película, la protagonista es de otra porque es del director. Entonces decís: no me gustó. No te gustó porque te rompió tu fantasía”, sostuvo.

Quizás por eso Cibrián reivindica una palabra que considera fundamental para quienes trabajan sobre un escenario: jugar. “Nosotros decimos actuar. En inglés es ‘to play’, jugar. En francés es ‘jouer’, jugar”, señaló. Y en esa idea parece condensar buena parte de su propia manera de entender el arte: trabajar con seriedad, sí, pero sin perder nunca la capacidad de jugar, imaginar y volver a buscar esa caricia que hace salir al genio de la lámpara.

Entrevista de Lucas Correa y Cecilia Moro.

Gentileza Cadena 3

 

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