El 13 de febrero de 1812 Manuel Belgrano propuso que se creara una escarapela nacional. Hasta ese momento, los distintos cuerpos del Ejército utilizaban diferentes distintivos.

En Rosario, febrero de 1812, Manuel Belgrano llega con una obsesión práctica: que sus soldados no se confundan entre sí y terminen pagando con sangre un error de identificación.
La misión era clara: acelerar y proteger un sistema de baterías costeras para frenar a los buques realistas que operaban desde Montevideo, clave naval del poder español en el Río de la Plata. Dos emplazamientos se volverían símbolos por su nombre: “Libertad” en la barranca rosarina y “Independencia” en la isla del Espinillo, del otro lado del Paraná. Pero faltaba algo elemental: una marca visible, común, inequívoca.
En el terreno, las banderas y distintivos podían confundirse, y encima cada cuerpo del ejército llevaba señales distintas. Belgrano detecta el riesgo y decide ir a la fuente del poder: el Primer Triunvirato.
En el terreno, las banderas y distintivos podían confundirse, y encima cada cuerpo del ejército llevaba señales distintas. Belgrano detecta el riesgo y decide ir a la fuente del poder: el Primer Triunvirato.

Aun así, investigaciones vinculadas al Instituto Nacional Belgraniano sostienen una pista concreta sobre el primer diseño: centro celeste y corona blanca. Es decir: el símbolo nació con lógica militar y rápidamente saltó a lo civil.
De la escarapela a la bandera: el paso que desató el reto
El 26 de febrero, Belgrano vuelve a escribir: advierte que las banderas usadas hasta entonces eran las mismas que las del enemigo y pide que, si ya hay una escarapela nacional, también haya banderas acordes “para distinguirlas”. Es un pedido coherente con su diagnóstico inicial: identificación o caos.
Y entonces llega el acto que lo convertiría en creador de un símbolo mayor. El 27 de febrero de 1812, Belgrano comunica que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola”, mandó hacer una blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela. A la tarde, durante la puesta en servicio de la batería “Independencia”, arenga a sus soldados y los hace jurar “¡Viva la Patria!”.
En relatos de tradición histórica, se recuerda además un detalle que humaniza el momento: la confección atribuida a María Catalina Echevarría de Vidal y el izamiento asociado al vecino Cosme Maciel. Más allá de debates sobre el diseño exacto de aquella primera bandera, el episodio muestra algo clave: el símbolo se construyó con ejército y comunidad.
“Ocultándola disimuladamente”: la orden que explica el miedo político
La reacción del Gobierno fue fría. En una minuta interna y luego en una comunicación fechada 3 de marzo de 1812, se le indica a Belgrano que haga pasar lo ocurrido “por un rasgo de entusiasmo”, que arríe la bandera y la oculte “disimuladamente”, reemplazándola por la que se usaba en la fortaleza. El argumento de fondo: la “circunspección” exigida por la situación y las comunicaciones exteriores.

El Triunvirato no quería un símbolo que sonara a independencia plena cuando todavía se jugaban cartas diplomáticas. Esa tensión explica por qué la bandera nació en el terreno y tardó en “legalizarse” en los escritorios.
Belgrano, además, ni siquiera se entera a tiempo: ya marchaba a tomar el mando del Ejército del Norte. Y aun así, el símbolo no retrocede. El 25 de mayo de 1812, en Jujuy, Belgrano relata festejos, salvas, misa y la bendición de la bandera a cargo del doctor Juan Ignacio Gorriti, en un rito público cargado de sentido político.
El cierre del ciclo: de emblema militar a símbolo de Estado
Con el tiempo, la bandera y la escarapela se integran al repertorio simbólico nacional. En cuanto a la bandera, distintas compilaciones consignan que el Congreso la adoptó oficialmente en julio de 1816: algunas fuentes oficiales ubican el hito el 20 de julio, mientras otras compilaciones documentales lo sitúan el 25 de julio; lo importante es el consenso: fue después de la Declaración de la Independencia y como distintivo de las Provincias Unidas.
Más tarde, el Congreso aprobaría la incorporación del Sol para la bandera de guerra en febrero de 1818, reforzando una iconografía estatal que ya no se ocultaba: se mostraba.
Y la escarapela, aquella “solución urgente” de Belgrano para evitar errores en combate, terminaría convertida en un gesto cotidiano: en la solapa, en el pecho, en la escuela, en el acto patrio. Tanto que el calendario argentino fijó el 18 de mayo como Día de la Escarapela Nacional.