Cristina Kirchner y Axel Kicillof no se hablan desde el 1 de octubre de 2025, cuando el Gobernador la fue a ver al departamento de San José 1111, donde cumple con la prisión domiciliaria. Desde entonces, reinó el silencio y los interlocutores. El diálogo está cortado y la relación personal se mantiene con temperaturas bajo cero. Fueron siete meses de vidas paralelas.
La noche en la que el peronismo perdió la última elección nacional también se cortó la conversación entre Kicillof y Máximo Kirchner. Hablaron por última vez, en el salón del Hotel Grand Brizo, en La Plata, donde tuvieron que digerir el triunfo libertario tras una remontada inesperada. El líder de La Cámpora sintió por dentro que esa derrota estaba íntimamente ligada al desdoblamiento dispuesto por el Gobernador. Kicillof se convenció aquella noche de que el armado de la lista, la baja intensidad de la campaña y el apoyo de Donald Trump a Milei habían sido una combinación de factores implacables para el PJ.
La relación personal entre Kicillof y la familia Kirchner está rota. La política aún se puede salvar. Hay una frase de Máximo Kirchner que todavía resuena entre sus dos o tres interlocutores de mayor confianza: “Axel empezó esta interna desde la provincia, Axel la tiene que cerrar”. La traducción es simple: la condición excluyente para un acuerdo electoral es que Kicillof se acerque a Cristina Kirchner y proponga la tregua.
Muchos recuerdan que el enfrentamiento con Massa fue mayor y en 2019 hubo un acercamiento que sigue hasta hoy. El pragmatismo -y los códigos-, mucho más que lo personal, es lo que mueve a la familia Kirchner. “Palermo y Riquelme se odiaban y dieron todo por Boca”, resume un reconocido peronista hincha del Xeneize que gusta de las metáforas futboleras para hacer fácil lo difícil.
“Espero que a Axel le caiga la ficha, reflexione y hable con Cristina. No tiene ningún sentido lo que está haciendo”, agrega el mismo dirigente, ya en tono más resignado.
Los márgenes parecen ser acotados, pero existen, Ese espacio para la negociación tiene anclas en el pasado que nadie piensa desenterrar. En el riñón cristinista no le perdonan a Kicillof su decisión de no apoyar la candidatura de la ex mandataria para la presidencia del PJ Nacional. Tampoco le perdonan que haya desconocido su conducción, luego de que, a través de su dedo todopoderoso del 2019, lo nombrara como el candidato a gobernador del peronismo, pese a las quejas y presiones de varios intendentes del conurbano bonaerense.
No le perdonan lo que consideran que fue un ataque indiscriminado hacia la figura de Máximo Kirchner. “Lo acusaron de generar un golpe interno al gobierno bonaerense durante año y medio. Eso es no tener códigos. Fue demasiado”, se queja un dirigente muy cercano al líder de La Cámpora. Tampoco le perdonan el pasado reciente ni el presente. La interna abierta dejó huellas imborrables que traspasan la membrana política.
Más cerca en el tiempo, no le perdonan que no la haya ido a ver a CFK cuando estuvo internada en el Sanatorio Otamendi, donde permaneció por más de dos semanas por un cuadro de apendicitis que se agravó. “Eso no se hace. Está mal. La desconoce a la que lo hizo dos veces candidato a gobernador”, se quejó, tiempo atrás, su hijo durante un asado con intendentes del conurbano de su entorno. Ese reproche se ha replicado en la boca de los principales nombres del camporismo, quienes lo han tratado de “traidor” y “desagradecido”. Destellos de una relación inviable.
En el kicillofismo aceptan que la ex presidenta lo eligió al economista, pero destacan la gestión de los primeros cuatro años, que le permitió el Gobernador reelegir al frente de la provincia cuando el Frente de Todos, a nivel nacional, voló por los aires. No se quedan solo en la bendición. Y, además, echan por tierra cualquier posibilidad de ruptura absoluta de cara al armado electoral del año que viene. “Nadie dice que Cristina no pueda estar, pero no puede ser que todo sea lo que diga Cristina”, aseguraron en La Plata. Hay un cambio de ciclo y una modificación en el juego de roles. Ya nada es como era un puñado de años atrás.
Axel su vocación es construir una candidatura de consenso con la mayor parte del peronismo y cortar cualquier posibilidad de convertirse en el candidato de Cristina Kirchner o en el delegado de su poder. Porque entiende que eso sería volver a chocarse con la misma piedra con la que tropezó Alberto Fernández. Abrazarse al fracaso antes de empezar la competencia.
