Brasil en la mira: algunas claves para explicar la proyección internacional

1- Por estos días he escuchado preguntas, y comentarios asociados, de este tipo: ¿por qué tanta atención de los medios de comunicación a las elecciones presidenciales en Brasil?; ¿qué diferencias existen entre uno y otro candidato, si Lula no es partidario de cambios al sistema capitalista imperante en su país, y Bolsonaro se ve que cuenta con apoyo en la sociedad, incluso entre personas pobres?

Ambas preguntas, entre otras que pueblan la inquieta opinión pública cubana, denotan importantes áreas de desconocimiento sobre los factores estructurales – en particular geoestratégicos – y sobre aquellos de tipo coyuntural que están en juego en las elecciones presidenciales de este año, en el llamado gigante sudamericano. A la vez, reflejan aspectos de la realidad “publicitada”, registrados sobre todo por los televidentes, que es necesario explicar y colocar en su justo lugar.

2- Sí, las elecciones presidenciales en Brasil suelen suscitar especial interés internacional, sobre todo cuando las élites de poder, nacionales o foráneas, tradicionales o de más reciente formación, perciben algún peligro – por mínimo que sea – a su control hegemónico. Pero también cuando desde el campo de la izquierda y progresista se intuyen cambios potenciales, en favor o en contra de los sectores populares que representan. La actual contienda electoral se ubica dentro de esta lógica.

Elecciones presidenciales en Brasil, especialmente después que un exobrero metalúrgico, sindicalista, de izquierda y una probada sensibilidad humana llegó a la presidencia, se perciben hoy como propiciadoras de cambios, o de continuidad política, en el quinto país del mundo por su extensión territorial (8 514 877 kms²); en una nación que ejerce soberanía sobre más de 14 mil kms. de fronteras terrestres, que le colocan como vecina poderosa de otras diez de su entorno sudamericano; y que posee más de 215 millones de habitantes, además de casi todos los recursos hídricos, energéticos y minerales necesitados por las principales empresas transnacionales de alta tecnología del mundo, así como por los centros políticos a los cuales estas responden.

Comprender el aludido interés internacional por las elecciones generales en Brasil (presidente, gobernadores y congreso nacional), pasa entonces por identificar los nexos entre este país como Estado nacional y las actuales demandas de la élite capitalista transnacionalizada, cuyo centro hegemónico, los EEUU, opera de manera intensa para capitalizar a su favor los enormes recursos humanos y naturales del mismo.

Transita, además, por entender los elementos constitutivos del particular proyecto de país que Luis Inácio Lula da Silva tiene en mente, como líder indiscutido de los sectores de izquierda y progresistas locales, pero también como factor de agregación, en estas elecciones, de importantes segmentos sociales preocupados por la destrucción del orden democrático logrado por Brasil, a pesar de todos los pesares, durante los últimos 37 años.

Jair Mesias Bolsonaro, el contendiente de Lula, ultraderechista de estilo Trumpista y hombre de mentalidad fascista, es indirectamente el responsable de las nuevas y heterogéneas adhesiones electorales a Lula.

Estas adhesiones abarcan un arco que va desde socialistas, socialdemócratas y nacionalistas del patio y el mundo, hasta cierto sector neoliberal interesado en que el referido orden democrático del país, masacrado por Bolsonaro, no siga siendo destruido por éste. Se trata de un campo aliado al expresidente muy heterogéneo en sus intereses y prioridades, que quizás le torne más fácil vencer que luego gobernar, pero que denota la profundidad del descontento nacional entre quienes, con independencia de sus opciones políticas e ideológicas, desearían un Brasil estable en lo interno y respetado internacionalmente, esto es, lo contrario a lo sucedido durante los últimos cuatro años.

Bolsonaro-Lula

3- En un nivel más específico, el interés por “lo que sucede en Brasil” se puede explicar también a partir de estos otros elementos:

A-. Las dimensiones continentales y la posición geoestratégica del país, no solo lo transforman en actor político y económico relevante para sus vecinos inmediatos de América del Sur, sino que lo colocan en posibilidades de jugar en el tablero de la política internacional, de manera protagónica, en los planos político, económico-comercial e incluso militar, en escenarios que los EEUU han tenido y tienen en prioridad: el Atlántico Sur y África. Así Lula lo demostró en sus dos mandatos presidenciales, entre el 2003 y el 2011.

B-. Tal interés guarda relación directa, además, con su influencia histórica y su liderazgo potencial en América del Sur, otra región que la Casa Blanca atendió con más eficacia subversiva de lo que supone la opinión pública internacional, especialmente a partir de 1998, tras el triunfo electoral de Hugo Chávez Lula, y con vigor redoblado cuando se inicia la cadena de triunfos electorales de la izquierda y otras fuerzas progresistas, en el 2003, año en que Lula comienza su primer mandato presidencial.

C-. Dimana de sus inmensos recursos humanos: más de 215 millones de personas lo habitan y constituyen un atractivo mercado de consumo para la clase capitalista transnacional, de la cual habla William Robinson [1] con datos y análisis irrefutables. El alto nivel de transnacionalización de su economía y finanzas a las demandas del capital transnacional, lo tornan objetivo vulnerable y a la vez apetecido por la élite capitalista mundial.

D-. El país posee recursos hídricos, minerales y una biodiversidad que las grandes transnacionales necesitan controlar a cualquier precio, no sólo para reproducir sus cuotas de ganancia a nivel global, sino para mantener el país como reserva periférica segura de estos recursos. Ello precisa del caos interno y pasa por la construcción de crisis sucesivas, que dañen la gobernabilidad interna y debiliten su proyección externa. Tal servicio lo ha ofrecido Jair Bolsonaro durante los últimos 4 años. Él es, en rigor, la expresión individual y grotesca de un proceso de derechización de la sociedad brasileña mucho más complejo y peligroso, que no solo tiene raíces nacionales, sino también transnacionales.

E-. A los elementos expuestos, que expresan apenas algunos de los factores estructurales que explican el poder nacional del Estado brasileño, se suma ahora uno de tipo coyuntural: de nuevo Lula. No debe olvidarse que bajo el mandato presidencial de este Brasil pasó a ser la sexta economía mundial, y China se colocó como principal contraparte comercial del país, relegando con ello a los EEUU a un segundo lugar que todavía les duele. Esto solo había sucedido en los años 40, bajo el mandato de Getulio Vargas, derrocado por un golpe militar que, como otros, recibió la inducción, el beneplácito y otros apoyos más concretos de la Casa Blanca.

F-. De Lula vencer el próximo día 30, durante la segunda y decisiva votación, existe la posibilidad de que el activismo internacional de Brasil sea retomado y se multiplique, sobre todo en espacios multilaterales no deseados por los EEUU y sus aliados más cercanos: MERCOSUR, UNASUR, CELAC y los BRICS, por solo citar los 4 que más escozor parecen producir en los círculos de poder estadounidenses.

G-. Solo por esta razón, el exobrero metalúrgico es visto con reservas por la Casa Blanca, aunque en virtud del pragmatismo genético de la cultura política estadounidense, se le deje entrever a éste y a sus aliados que el triunfo de la alianza que él lidera será bienvenido: ya han dado pasos en esta dirección. Es útil recordar en este punto que no todo lo que se dice, es ni será, sobre todo en esta época en que el cinismo de la derecha internacional e imperial se transformó en norma diaria, en dato “útil” para hacer política.

H-. Lo previsible es que Biden y su equipo hagan un doble juego: a la vez que operan bajo cuerdas para impedir el triunfo de Lula, trabajarán duro para acotar al máximo sus márgenes de maniobra en caso de triunfo, ahora en mejores condiciones, con un Congreso de mayoría derechista.

I-. Como la práctica es el criterio de la verdad, se impone reconocer que el gobierno de Bolsonaro, en virtud de su entreguismo a las transnacionales y la ultraderecha interna, es para estas el “mal menor”, mientras logran un candidato confiable y/o de consenso para las distintas élites de poder. Por tal razón, siempre tendrán medios y modos de “mirar al cielo” cuando se traten temas tan escabrosos como la destrucción de bosques y biodiversidad en magnitud equivalente al territorio de Bélgica, sólo durante los últimos cuatro años, o cuando se aborde la fallida política sanitaria en ocasión de la pandemia por la covid-19 En Brasil hoy se dirime, en síntesis, una disputa de poder entre la decencia y la anti-política sustentada en el odio; entre una visión nacionalista y democrática y el servilismo al capital transnacional que la ultraderecha interna, bolsonarista, encarna y reproduce. Será una disputa dura, muy dura. Lula puede vencer, pero estará obligado a que su gente capte cada voto potencial y no deje perder los que ya logró: la ultraderecha aprendió a manipular, en el laboratorio político en que fue convertida esta nación sudamericana, a los más pobres y a los más ricos. El bolsonarismo y el poder de influencia diversionista de la ultraderecha internacional que le apoya, no deberían ser subestimados.

Por Rafael Hidalgo Fernández