La Guerra tecnológica que atrapa a EEUU y CHINA

En la búsqueda por alcanzar la vanguardia tecnológica, las firmas chinas de producción de semiconductores chocan contra las restricciones que les impone Estados Unidos.

La geopolítica está de moda. Y la guerra de Ucrania ha puesto esta disciplina en todas las agendas mundiales de manera súbita e insospechada, felizmente para aquellos que estudiamos estas cuestiones. De repente, hemos tenido recientemente una clase sobre temas tan puntuales como el Heartland y el Rimland en Intratables, pleno horario primetime de televisión abierta.

Más allá de lo evidente, existen disputas que no salen en la tele y que están configurando el tablero mundial de lo que queda del siglo XXI. Así, existe actualmente una intensa pelea por la preeminencia en la producción de tecnología, donde Estados Unidos y China se presentan como los contendientes: los norteamericanos defendiendo la corona, los chinos como los grandes retadores.

En esta disputa por la geopolítica de la tecnología, la producción de semiconductores es esencial. No existe ningún tipo de dispositivo de alta tecnología que no contenga microchips (semiconductores) en su diseño: están en el corazón de cada microprocesador, en un smartphone, en un ordenador portátil, una tablet, un satélite, un avión de combate…y podemos seguir hasta el infinito.

En este escenario, Estados Unidos domina la tecnología. El famoso Silicon Valley (Valle del Silicio en español), nombre como se conoce a la zona sur del Área de la Bahía de San Francisco, debe su nombre al material más utilizado para fabricar microchips: justamente el silicio. En esta región se juntaron a principios del siglo XX el complejo industrial militar norteamericano, las universidades y los emprendedores tecnológicos para generar el gran cambio de fin de esa centuria y principios de la actual.

Esta gran ventaja competitiva generada por los norteamericanos ha sido celosamente cuidada a través de los años y le ha permitido sostener su carácter de potencia hegemónica. La emergencia de China en los últimos años ha despertado todas las alarmas desde Washington y en consecuencia la Casa Blanca ha puesto en vigencia diferentes tácticas para contener el avance de la alta tecnología del Reino del Medio.

Una de las medidas que han llevado adelante es la restricción en la venta de tecnología relacionada con semiconductores. Así, ninguna firma en el mundo que emplee equipamiento sustentado en la propiedad intelectual norteamericana (que represente más de un 25% del valor del producto) puede venderle a los chinos, so pena de recibir duras sanciones. De esta forma se ha visto perjudicada en su provisión de semiconductores el gigante chino de equipamiento Huawei, quien depende de los chips de la taiwanesa TSMC (NYSE:TSM) para fabricar gran parte de sus dispositivos más avanzados, y esta firma usa tecnología de Estados Unidos para producir.

Más allá de la propia producción está la provisión de bienes de capital para la industria de semiconductores. En este negocio está la firma holandesa ASML (NASDAQ:ASML), que se dedica a producir equipamiento para la impresión litográfica de microchips. Estos sofisticados (y caros) equipos son los encargados de fabricar los millones de semiconductores de última generación que la industria requiere, a partir de la utilización de tecnología de unos pocos nanómetros (un nanómetro es un milmillonésimo de metro): lo más avanzado hoy son 3 nanómetros.

ASML dispone de esta tecnología para las mejores fundidoras de semiconductores del mundo, proveyéndole a TSMC, a Intel (NASDAQ:INTC) y a GlobalFoundries (NASDAQ:GFS) entre otras, todas ellas confiables a los ojos de Washington. Al no estar ASML comprendida dentro de aquellas firmas que tienen más de un 25% de componente norteamericano -no tener entonces restricciones explícitas para comerciar con China- la firma también ha avanzado con ventas a SMIC, el mayor fabricante chino de microchips. Fue entonces cuando la Casa Blanca en tiempos de Trump optó por la presión directa a sus aliados holandeses para que dejen de comerciar con los chinos, considerando cuestiones de seguridad.

De esta manera, Estados Unidos inhibió a ASML de venderle sus sistemas litográficos más avanzados a los grandes fabricantes chinos de semiconductores y de esta forma ha impedido que SMIC pueda avanzar en el desarrollo de tecnología por debajo de los 10 nanómetros.

Atento a estas circunstancias, China ha promovido a la firma Dongfang Jingyuan para que se dedique al desarrollo de la tecnología que hoy sólo está manos de los holandeses. La compañía con sede en Beijing rápidamente puso manos a la obra, particularmente asociándose con una empresa spin-off de ASML llamada XTAL, radicada nada menos que en Silicon Valley. XTAL ayudó al desarrollo de los chinos hasta que fue encontrada culpable de robo de secretos industriales -que en definitiva fueron a parar a Dongfang Jingyuan-, fue a juicio y quebró.

Los holandeses de ASML, a través del diferendo judicial, pusieron en evidencia el avance de los chinos en litografía y volviendo mucho más difícil la concertación de convenios de colaboración en alta tecnología entre Occidente y China. Tal es así que estos hechos han sumado mayor evidencia en favor de la idea de una fractura de las cadenas de valor globales (que fácticamente hoy está muy lejos de ocurrir por la gran interdependencia entre China y Estados Unidos) y también han avivado la hipótesis -¿inverosimil?- de una inminente cortina de hierro digital.

¿Estamos realmente yendo hacia una división del mundo sustentada en el dominio tecnológico? Habría que ponerse más a pensar en términos de geopolítica y posiblemente encontremos una respuesta afirmativa con altas probabilidades de ocurrencia: por un lado, Estados Unidos y sus aliados, por el otro China y quizás un tercer bloque representado por Rusia, compitiendo por espacios de influencia desde una dimensión que nunca ha estado tan vigente como hoy y que no sabemos adónde nos puede llevar. Particularmente desde estas latitudes, no nos queda otra que ser expectadores.

¿Estamos realmente yendo hacia una división del mundo sustentada en el dominio tecnológico? Habría que ponerse más a pensar en términos de geopolítica y posiblemente encontremos una respuesta afirmativa con altas probabilidades de ocurrencia: por un lado, Estados Unidos y sus aliados, por el otro China y quizás un tercer bloque representado por Rusia, compitiendo por espacios de influencia desde una dimensión que nunca ha estado tan vigente como hoy y que no sabemos adónde nos puede llevar. Particularmente desde estas latitudes, no nos queda otra que ser expectadores.

La geopolítica está de moda. Y la guerra de Ucrania ha puesto esta disciplina en todas las agendas mundiales de manera súbita e insospechada, felizmente para aquellos que estudiamos estas cuestiones. De repente, hemos tenido recientemente una clase sobre temas tan puntuales como el Heartland y el Rimland en Intratables, pleno horario primetime de televisión abierta.

Más allá de lo evidente, existen disputas que no salen en la tele y que están configurando el tablero mundial de lo que queda del siglo XXI. Así, existe actualmente una intensa pelea por la preeminencia en la producción de tecnología, donde Estados Unidos y China se presentan como los contendientes: los norteamericanos defendiendo la corona, los chinos como los grandes retadores.

En esta disputa por la geopolítica de la tecnología, la producción de semiconductores es esencial. No existe ningún tipo de dispositivo de alta tecnología que no contenga microchips (semiconductores) en su diseño: están en el corazón de cada microprocesador, en un smartphone, en un ordenador portátil, una tablet, un satélite, un avión de combate…y podemos seguir hasta el infinito.

En este escenario, Estados Unidos domina la tecnología. El famoso Silicon Valley (Valle del Silicio en español), nombre como se conoce a la zona sur del Área de la Bahía de San Francisco, debe su nombre al material más utilizado para fabricar microchips: justamente el silicio. En esta región se juntaron a principios del siglo XX el complejo industrial militar norteamericano, las universidades y los emprendedores tecnológicos para generar el gran cambio de fin de esa centuria y principios de la actual.

Esta gran ventaja competitiva generada por los norteamericanos ha sido celosamente cuidada a través de los años y le ha permitido sostener su carácter de potencia hegemónica. La emergencia de China en los últimos años ha despertado todas las alarmas desde Washington y en consecuencia la Casa Blanca ha puesto en vigencia diferentes tácticas para contener el avance de la alta tecnología del Reino del Medio.

Una de las medidas que han llevado adelante es la restricción en la venta de tecnología relacionada con semiconductores. Así, ninguna firma en el mundo que emplee equipamiento sustentado en la propiedad intelectual norteamericana (que represente más de un 25% del valor del producto) puede venderle a los chinos, so pena de recibir duras sanciones. De esta forma se ha visto perjudicada en su provisión de semiconductores el gigante chino de equipamiento Huawei, quien depende de los chips de la taiwanesa TSMC (NYSE:TSM) para fabricar gran parte de sus dispositivos más avanzados, y esta firma usa tecnología de Estados Unidos para producir.

Más allá de la propia producción está la provisión de bienes de capital para la industria de semiconductores. En este negocio está la firma holandesa ASML (NASDAQ:ASML), que se dedica a producir equipamiento para la impresión litográfica de microchips. Estos sofisticados (y caros) equipos son los encargados de fabricar los millones de semiconductores de última generación que la industria requiere, a partir de la utilización de tecnología de unos pocos nanómetros (un nanómetro es un milmillonésimo de metro): lo más avanzado hoy son 3 nanómetros.

ASML dispone de esta tecnología para las mejores fundidoras de semiconductores del mundo, proveyéndole a TSMC, a Intel (NASDAQ:INTC) y a GlobalFoundries (NASDAQ:GFS) entre otras, todas ellas confiables a los ojos de Washington. Al no estar ASML comprendida dentro de aquellas firmas que tienen más de un 25% de componente norteamericano -no tener entonces restricciones explícitas para comerciar con China- la firma también ha avanzado con ventas a SMIC, el mayor fabricante chino de microchips. Fue entonces cuando la Casa Blanca en tiempos de Trump optó por la presión directa a sus aliados holandeses para que dejen de comerciar con los chinos, considerando cuestiones de seguridad.

De esta manera, Estados Unidos inhibió a ASML de venderle sus sistemas litográficos más avanzados a los grandes fabricantes chinos de semiconductores y de esta forma ha impedido que SMIC pueda avanzar en el desarrollo de tecnología por debajo de los 10 nanómetros.

Atento a estas circunstancias, China ha promovido a la firma Dongfang Jingyuan para que se dedique al desarrollo de la tecnología que hoy sólo está manos de los holandeses. La compañía con sede en Beijing rápidamente puso manos a la obra, particularmente asociándose con una empresa spin-off de ASML llamada XTAL, radicada nada menos que en Silicon Valley. XTAL ayudó al desarrollo de los chinos hasta que fue encontrada culpable de robo de secretos industriales -que en definitiva fueron a parar a Dongfang Jingyuan-, fue a juicio y quebró.

Los holandeses de ASML, a través del diferendo judicial, pusieron en evidencia el avance de los chinos en litografía y volviendo mucho más difícil la concertación de convenios de colaboración en alta tecnología entre Occidente y China. Tal es así que estos hechos han sumado mayor evidencia en favor de la idea de una fractura de las cadenas de valor globales (que fácticamente hoy está muy lejos de ocurrir por la gran interdependencia entre China y Estados Unidos) y también han avivado la hipótesis -¿inverosimil?- de una inminente cortina de hierro digital.

¿Estamos realmente yendo hacia una división del mundo sustentada en el dominio tecnológico? Habría que ponerse más a pensar en términos de geopolítica y posiblemente encontremos una respuesta afirmativa con altas probabilidades de ocurrencia: por un lado, Estados Unidos y sus aliados, por el otro China y quizás un tercer bloque representado por Rusia, compitiendo por espacios de influencia desde una dimensión que nunca ha estado tan vigente como hoy y que no sabemos adónde nos puede llevar. Particularmente desde estas latitudes, no nos queda otra que ser espectadores.