Falleció Enrique Pinti, el humorista que nos hacía reflexionar

El intelectual argentino había sido ingresado a principios de marzo al Otamendi por una descompensación causada por la diabetes severa y problemas circulatorios en las piernas.

A los 82 años y luego de haber estado internado mas de tres semanas, falleció el actor Enrique Pinti, un referente de la comedia y la crítica política, y uno de los personajes clave en los años 80’ en momentos en el que país iniciaba lo se conoció como la transición democrática.

Pinti murió en el porteño Sanatorio Otamendi, donde se encontraba internado en estado delicado, informó el complejo Multiteatro, propiedad del empresarior Carlos Rottemberg.

“Elegimos despedir a Enrique Pinti -enorme referente de esta Casa Teatral- recordando su última marquesina. Finalmente su salud no le permitió concretar el ‘Muy pronto’ anunciado”, informó la empresa.

“Sin dudas Enrique protagoniza hoy uno de los momentos tristes de la historia del teatro argentino”, indica el texto en la cuenta de Twitter del Multiteatro Comafi, junto a una foto del cartel que anunciaba el próximo show que Pinti tenía pensado hacer.

El creador de “Salsa criolla” había sido ingresado a principios de marzo al Otamendi por una descompensación causada por la diabetes severa y problemas circulatorios en las piernas.

El actor se descompensó en su hogar y rápidamente fue hospitalizado, sin embargo la noticia trascendió recién el sábado 5. Desde entonces, le realizaron una serie de exámenes para descartar cualquier complicación en su cuadro de diabetes que le diagnosticaron hace muchos años y sus problemas circulatorios. Cabe recordar que desde que comenzó la pandemia, Pinti se recluyó en su hogar para extremar los cuidados contra el Covid-19.

“Estoy encerrado en mi casa desde 9 de marzo porque me tomo las cosas en serio. Soy una bomba de tiempo y es mejor para mí y para los demás quedarme encerrado. Puedo hacerlo porque tengo una casa muy cómoda”, reveló en febrero de 2021 en una entrevista en Radio Rivadavia. “Me acompaña mi primo, una señora que me viene a cuidar y un masajista que viene tres veces por semana para que no se me abarroten las piernas, porque soy una vaca que nunca hizo nada”, agregó con humor.

El humorista y entrañable charlatán que nos enseñó a reírnos de nuestras desgracias

En 1973 lo convocaron para ser parte de Juan Moreira Supershow pero ni la obra ni el texto lo convencían. “No hallaba quién pudiera decir lo que yo quería interpretar”, lamentaba. Entonces, decidió protagonizar sus textos y comenzó con los espectáculos unipersonales Historias recogidas y el Show de Enrique Pinti. Así comenzó su camino propio.

El 15 de marzo de 1985, ese actor grandote y de talento histriónico estrenóSalsa Criolla, una cabalgata histórico musical que reseñaba la historia argentina desde la llegada de los españoles hasta nuestros días. Realizó 2998 presentaciones y la vieron casi tres millones de espectadores. Recibió muchas críticas por lo que sería su sello personal: el uso de malas palabras. Algunos espectadores llegaron a escribirle cartas quejándose. “Me importa un rábano. Para mí es la cáscara, cada cual elige lo que mejor lo expresa. Aristófanes utilizó un lenguaje obsceno para decir cosas muy importantes. Lo mismo hicieron Boccaccio o Rabelais. Niní Marshall, Juan Verdaguer, Luis Landriscina no necesitaron decir malas palabras pero yo necesito decirlas para expresar, cosa que escandaliza a los imbéciles”.


Para justificar su estilo, contaba que en la familia de sus padre eran todos “unos malhablados fantásticos. Todos los domingos aparecían los chistes verdes, puteadas de mi padrino que era médico de clase, y de mi tía, una gran beata pero también una excelente puteadora”. Se indignaba con los que le decían “¡Ay, Pinti, qué grosero!” porque “es una hipocresía social muy grande. No solo acá, en todo el mundo. En Estados Unidos se escandalizaron más con la teta que se le escapó a la hermana de Michael Jackson que con la invasión a Irak. Eso habla muy mal de la sociedad”.

En cuestiones políticas, Enrique aseguraba que solo fue un defensor acérrimo de Raúl Alfonsín. “Lo defendía arriba del escenario, decía: ‘¿Por qué no se quejaban antes? Con los militares no hacían nada. En Chile las mujeres salieron a mover las cacerolas; acá, salvo las Madres de Plaza de Mayo, el resto se quedó en su casa. ¿Y ahora porque hay asaltos dicen que la democracia tiene la culpa’’. Decía de todo en Salsa criolla.

Después del éxito de Salsa criolla, siguió dos años con El infierno de Pinti, otros dos con Pinti canta las 40, tres de Candombe nacional, Pingo argentino, Pinti argentinos y otros más. Además actuó en los musicales Los productores, Hairspray y Antes de que me olvide y realizó las adaptaciones de Chicago con Nélida Lobato, Yo quiero a mi mujer, Filomena Marturano y El joven Frankestein. Reconocía que sobre el escenario se transformaba: “Creo en lo que digo y comparto con la gente una suerte de fascinación” para afirmar “el mío es un oficio hermoso, pero ojo que hay algunos que se creen que esto no es un trabajo más y se endiosan estúpidamente. Cuando se caen hacen un ruido espantoso y obviamente no se levantan más”.

Agudo observador de la realidad, en los 90 llegó a tener una columna semanal en un diario, en la radio y en un programa de canal 9 donde comentaba las noticias del día. Sus palabras no solo mostraban su nivel cultural, sino también un gran conocimiento de la historia argentina, sin embargo a veces caía en ciertas frases donde la crítica fácil era más sencilla que el compromiso o la búsqueda de una solución. “Hablo así no por soberbia, sino por cagazo” respondía ante las críticas.

A la hora de buscar un testimonio inteligente, Pinti era un número puesto en las redacciones. Salvo economía, deportes e informática -“de todo eso no tengo ni idea”- opinaba de cualquier tema. Una de las situaciones más insólitas fue cuando lo llamaron para opinar sobre el romance de Pata Villanueva y David Lebón o cuando Estela Raval y Ricardo Romero se estaban separando. No solo los periodistas lo convocaban -en 1992, por ejemplo, participó en 125 notas-. Solía contar que una vez una docente del Colegio Nacional de Buenos Aires lo llamó para que le diera una clase a sus alumnos, y él accedió. “Les hablé de la comedia profana”.

Al hombre que hacía reír lo hacía reír “la pureza de Pepe Biondi, la genialidad de Chaplin, la maravillosa acidez de Woody Allen, la sutileza de Bernard Shaw y Oscar Wilde, disfruto de la comedia de Moliere y me retuerzo con las guaranguadas antiguas de Quevedo, Bocaccio y Aristófanes”.

Cuando no trabajaba su gran pasión era viajar, ritual que cumplía dos veces al año. “Desde el 77 tengo la buena costumbre de laburar diez meses y descansar dos, rigurosamente. Hay que trabajar y saber parar”, explicaba, y lo recomendaba a quien quisiera escucharlo: “Si podés económicamente, viajá que hace muy bien. Te relajás, tenés otra perspectiva de todo, conocés, redescubrís, no hacés nada. Para mí, los viajes son soplos de libertad. En la dictadura, por ejemplo, aprovechaba para ver películas que acá estaba prohibidas”. Sin embargo, en sus planes nunca estuvo llevar sus monólogos al exterior. ¿Me imaginás contando el caso Cóppola en otro idioma? Aunque lo pronunciara de maravillas, igual sonaría mal”, justificaba. No era el único motivo, claro. “En muchos países la legislación prohíbe decir malas palabras. Esta es una posibilidad casi única que te da la Argentina”.