La problemática expansión de la frontera de la soja

En su columna Fuerza Natural en El Ágora en Radio Nacional, este jueves Maggie Itten explicó los problemas asociados con la expansión de la frontera sojera en nuestro país.

El cultivo de soja se introdujo en nuestro país a mediados de los años ’70 y actualmente se convirtió en la principal producción del agro argentino. Hasta fines de los 80 la producción agropecuaria argentina -y sobre todo la que se desarrollaba en la región pampeana- estaba basada en los cultivos clásicos (maíz, trigo, girasol) y la producción de carne vacuna.

Comenzaron a llegar algunos de los adelantos tecnológicos impulsados por la llamada “revolución verde”, que se enmarcaba en una lucha contra el hambre. Así se produjo la aparición de trigos de origen mexicano, de ciclo más corto que los tradicionales; que no se volcaban con las aplicaciones y permitían una abundante fertilización. Ello permitió pensar en una utilización más intensiva del suelo, a través de la introducción de dos cosechas anuales, una de invierno y la otra de verano. Y la soja parecía como la más adecuada para cumplir el segundo rol.

En 1996 Felipe Solá, cuando era Secretario de Agricultura, aprobó en tiempo récord la introducción en Argentina de la soja transgénica “RR” de Monsanto, resistente al herbicida de amplio espectro glifosato, por lo tanto se dio una gran expansión de su cultivo.

Un problema que surge es la degradación de nuestro sistema productivo: hemos dejado de ser un país productor de alimentos para producir forraje, para que otras naciones produzcan carne.
En consecuencia, para cultivar soja para forraje dejamos de producir una gran cantidad de alimentos para nuestra población, esto significa una pérdida de Soberanía alimentaria.

Otra problemática es la alta contaminación ambiental que produce el sistema siembra directa-sojaRR-glifosato, ya que se basa en el uso masivo de agrotóxicos en forma permanente. Se pasó de usar 38 millones de lt. de agroquímicos en los años 90 a 400/500 millones de lt. en la actualidad, mientras la superficie cultivada sólo aumentó un 20%.

En 2015 la OMS alertó sobre la vinculación del glifosato y el cáncer, re categorizándolo como “posible cancerígeno”. En junio de este año la multinacional Bayer AG (que en 2018 compró Monsanto) acordó pagar hasta 10.900 millones de dólares para resolver demandas judiciales contra el glifosato por casos de cáncer.

Otro impacto negativo fue la destrucción de la pequeña producción. No son viables la huerta, el monte frutal, la apicultura, el monte nativo, artificial u otras producciones cercanas a los vuelos u aplicaciones de glifosato que por ser un herbicida total que destruye todo tipo de plantaciones por deriva. Tampoco es rentable la sojaRR para superficies menores de 300, 350 has, por lo cual los pequeños y medianos agricultores deben arrendar sus campos o venderlos y se generó una gran concentración de tierras en pocas manos.

Se suma otro aspecto, que es la deforestación producida en las provincias del norte de nuestro país (Salta, Santiago del estero, Chaco, Formosa) por la expansión de la frontera agrícola, y la consiguiente expulsión de esas áreas de comunidades ancestrales, que encontraban su sustento en esos montes.

Lamentablemente los promotores de la producción sojera (corporaciones de productores, grandes empresas productoras de insumos) son muy poderosos y por medio de publicaciones en medios masivos de comunicación difunden sus negocios como progreso y producción, sin mencionar todas estas características perjudiciales de orden ambiental, sanitario, social, económico.