Luego de un nuevo show en Sala de las Artes, Marcos de Farolitos se sienta a charlar sobre el origen barrial de la banda, la necesidad de expresar un mensaje y el valor de lo colectivo como motor de la música. En una entrevista cargada de memoria, filosofía y emoción, repasamos los comienzos y el presente de una de las bandas más queridas del rock rosarino.
—Marcos, gracias por venir. Siempre me gusta empezar por el principio: ¿cómo nació Farolitos? ¿Cómo nació tu vocación por la música?
Farolitos nació en nuestro barrio, en la esquina de un club muy querido. Tocábamos algunos acordes de guitarra y nos juntábamos a guitarrear por las noches. Un día dijimos: "vamos a hacer una banda". El nombre salió en diciembre del 2001, por una canción mía que se llama Un farolitos hoy. Era como un himno para nosotros, contaba quiénes éramos, con un tono medio languero. Así, esos pibes que habíamos vivido los 90 salimos a ponerle música a nuestra esquina.
—¿Y dónde empezaron a tocar? ¿Cómo fueron esos primeros pasos?
Alquilamos un localcito enfrente del club donde ensayábamos. Después, tocábamos en El Luchador, en García, en Bar Conti, en Refinería cuando no estaba ni el shopping. También en Willy Dixon. Pero nuestro punto fuerte siempre fue El Luchador. Después fuimos sumando otros clubes. Todo muy del palo, muy del under.
—¿Las canciones surgían de experiencias propias o ya había una línea más definida en cuanto al mensaje?
Era una mezcla. Las canciones son experiencias, ficciones, fantasías, canalizaciones… pero siempre hay una necesidad de decir algo. Yo leía mucha poesía, eso influía. La palabra bien puesta tiene poder. Las canciones son una forma de expresar y compartir algo que se siente.
—¿Qué inspira a Farolitos? ¿Desde qué lugar escriben?
Nos inspira el privilegio de poder hacer música y que alguien nos escuche. Nosotros venimos de una generación que no era muy escuchada. La banda nos dio ese espacio. Tratamos de hablar de lo humano, de lo colectivo, de una sociedad más justa. Lo alternativo no es solo el rock: es un asado con amigos, un paseo, un beso a tu madre. Todo eso es lo que queremos rescatar.
—Yendo a un terreno más amplio, ¿qué análisis hacés de la música actual?
Hay dos planos: lo musical y lo poético. Musicalmente siento que se ha estancado un poco, hay mucha repetición de patrones, dos acordes y listo. Pero también escucho artistas nuevos que me encantan: Dylan, Lali, Paco Amoroso, Catril, Trueno... tienen letras con contenido, y parece que tuvieran 50 años de vida. Soy optimista, porque incluso en un mar de música vacía —que siempre existió, también en mi época con el tecno—, surgen voces auténticas. Talentos nuevos hay muchos, incluso algunos que todavía no conocemos.
—¿Y qué influencias musicales te marcaron a vos y a la banda?
En mi infancia, mucho tango. Mi abuelo cantaba y grabó discos de tango. En la escuela, mucho folclore: Mercedes Sosa, Cafrune... Y en el barrio, el rock and roll: Los Redondos, Los Piojos. Esa mezcla está en Farolitos. Cuando escuchamos nuestras canciones, encontramos algo de tango, de lírica folclórica, incluso de estructuras como la zamba. Pero con una base rockera y barrial. Somos una conjunción de todo eso.
—Yo siento que Farolitos lleva la bandera del rock barrial. ¿Lo ves así también?
Depende cómo se entienda el término. Nosotros venimos de un barrio, cantamos sobre nuestro territorio, pero el rock barrial fue muchas veces visto de forma despectiva: dos acordes, letras básicas, cultura stone mal interpretada. Nosotros no somos eso. Trabajamos mucho el sonido, buscamos algo refinado tanto en lo musical como en las letras, que pueden leerse como poesía.
—¿Entonces cómo se definen?
Somos una banda de barrio, claro. Pero no nos conocimos en la Universidad de Música: nos conocimos en la esquina. Y aún así, tenemos todas las áreas organizadas: comunicación, técnica, administración, lo musical. Nos gusta tocar con buen sonido, con equipos cuidados, y trabajar con prolijidad. No somos parte del estereotipo. Somos Farolitos.
Farolitos sigue encendiendo esquinas
Desde una esquina de barrio hasta las luces del escenario, la historia de Farolitos es una mezcla de amistad, compromiso y poesía. Con la convicción de que otro mundo es posible más humano, más colectivo la banda sigue apostando por el mensaje en tiempos de ruido.
Por: Ignacio Dosba